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Cómo el tomate, una fruta diminuta andina, conquistó el mundo

El tomate, el segundo vegetal más importante del mundo después de la patata, llegó a Europa hace relativamente poco tiempo. Hernán Cortés conquistó Tenochtitlan en 1521 y es probable que fuese algún miembro de esa expedición quien introdujese en España los tomates amarillos que consumían los aztecas. No obstante, su uso en la cocina no llegó hasta siglo y medio después, ya que el parecido del tomate con otras plantas venenosas con las que comparte familia, como la mandrágora o la belladona, hizo que durante mucho tiempo solo fuese utilizado como ornamento.

Esta historia de conquista de las mesas mundiales comenzó hace muchas decenas de miles de años en la costa oeste de Sudamérica, en un terreno donde las altas cumbres de los Andes están separadas por pocos kilómetros de las playas del Pacífico, tal como recoge un artículo publicado esta semana en la revista Molecular Biology and Evolution por un equipo de la Universidad de Massachusetts en Amherst (EE. UU.).

Todo comenzó con unos pequeños frutos silvestres (Solanum pimpinellifolium L.) del tamaño de un arándano, los cuales hace unos 80.000 años, en lo que hoy es Ecuador, alcanzaron el tamaño de un tomate cherry. Esta variedad (S. lycoperiscum L. var. cerasiforme), cuenta la autora principal del estudio, Ana Caicedo, fue empleada por los primeros habitantes de la región hace miles de años, y “tienen características parecidas a las de un fruto domesticado, ácidos y azúcares similares”.

Las primeras pruebas de domesticación de los tomates que son la base de los actuales (S. lycopersicum L. var. lycopersicum) se encontraron en México. “Al migrar al norte, los tomates que eran del tamaño de los cherry se volvieron más pequeños, posiblemente porque al cambiar de latitud y de ambiente tuvieron que evolucionar y adquirir otras características para sobrevivir”, apunta Caicedo. Estos pequeños tomates fueron después la base sobre la que trabajaron los antiguos americanos para seleccionar variedades y crear los tomates que acabarían llegando a Europa y conquistando el mundo.

Además de conocer la historia evolutiva de una planta tan importante, la investigación del equipo liderado por Caicedo puede ser útil para mejorar los cultivos de tomate actuales.

En 2017, un equipo en el que participaba Antonio Granell, investigador del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas, en Valencia, ya secuenció el genoma completo de 398 variedades de tomate, entre las que se incluían modernas, tradicionales o silvestres como las que aparecieron en Sudamérica hace decenas de miles de años. Entonces, se identificaron la base genética de la producción de 13 compuestos químicos asociados al sabor que abundan en las variedades ancestrales y escasean en las que encontramos en el supermercado.

Después de un viaje tan largo, de la pequeñez en su cuna junto al Pacífico al éxito global, la ciencia quiera ayudar a que el tomate recupere parte de su esencia.

 

Fuente: elpais.com


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