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Llevar un kilo de naranjas del árbol hasta su envasado cuesta 6 veces más que su recolección

"Una fruta no viaja sola desde el árbol hasta la tienda"

Los aumentos de precio de las frutas y hortalizas, que con frecuencia se achacan a movimientos especulativos o a los intermediarios, no siempre tienen tal causa y en gran medida se deben a gastos obligados y márgenes comerciales ineludibles, en el camino desde el campo hasta el punto de venta final.

A pesar de que recolectar un kilo de naranjas cuesta 6,5 céntimos o, en el caso de las clementinas, 11,15 céntimos, tras su paso y manipulación por las instalaciones de cualquier almacén hortofrutícola para que estén listas para su venta final, debidamente envasadas, el coste de la fruta aumenta en una media de 38 céntimos por kilo, para las naranjas, y de 50 céntimos por kilo, para las mandarinas.

Por otro lado, en algunas confecciones más exigentes, tipo gourmet o premium, se pueden superar fácilmente los 40 o 45 céntimos en naranjas y los 70 u 80 céntimos por kilo en mandarinas.

A este incremento, además, hay que sumar gastos de transportes, materiales de envases y etiquetas, salarios del personal del almacén confeccionador, descartes de frutos que no sirven, gastos generales de la empresa: instalaciones, maquinaria, energía, administración, teléfonos, vehículos, publicidad, certificaciones de calidad...

La realidad es que una fruta no viaja sola desde el árbol hasta la tienda. Ni lo hace gratis. Toda la fruta, la naranja por ejemplo, sufre una 'transformación' que además es obligada para cumplir con las normas de calidad y con las propias demandas o exigencias de los clientes en cuanto a selección y presentación.

Esa 'transformación' no altera, por supuesto, la forma ni el propio ser de la fruta, pero sí su apariencia externa en parte, porque se limpia y abrillanta, y además se uniformiza, porque se agrupan para la venta por calidades, tamaños, color y otros parámetros.

Es evidente que recolectar y transportar cuesta un dinero que se añade al precio de origen o de campo (el de compra o liquidación para el agricultor), pero luego hay otros costes, de mayor entidad, que quedan menos a la vista en lo que habitualmente llamamos un 'almacén' de naranjas, donde la fruta no solo se almacena, sino que se procesa, se selecciona, hasta se escoge de una en una en algunos casos, y finalmente se envasa, para ser transportada a las instalaciones de los clientes o centrales de distribución de las cadenas de supermercados.

Estos costes intermedios y previos a la distribución en la cadena comercial que acerca el producto al consumidor se añaden a los precios de campo, de manera que habría que tener en cuenta los costes de cultivo para que, sumados ambos, se tuvieran claros los umbrales por debajo de los cuales se incurre en venta a pérdidas. O dicho de otro modo: que si no se paga lo que es, alguien pierde; habitualmente el productor. 

 

Fuente: lasprovincias.es


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