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Luis Gil, especialista en envases de AINIA:

“La legislación sobre envasado está yendo más rápido que el desarrollo de nuevos materiales alternativos al plástico”

El plástico es un material funcional, resistente, adaptable y versátil, y hasta ahora, incluso barato, que en su poco más de siglo de historia desde que fuera sintetizado por primera vez en 1907 por el químico belga Leo Baekeland ha acompañado el rápido desarrollo social, industrial y tecnológico que nos ha llevado a la actualidad. Sin embargo, su meteórica expansión como material en este periodo, que ha llegado a ser bautizado como ‘la era del plástico’, ha hecho que sea preciso establecer estrategias para su gestión como residuo, sobre todo, para aquellos objetos o envases plásticos de un solo uso.

Y las cifras compartidas por la Comisión Europea ponen de manifiesto esta necesidad: cada año, los europeos generan 25 millones de toneladas de residuos plásticos, pero menos del 30% se recoge para ser reciclado. El 80-85% de los residuos marinos de las playas europeas son plásticos y, de ellos, el 50% son plásticos de un solo uso –cabe recordar que flotando en el Pacífico existe una masa conformada por 80.000 toneladas de plástico con un tamaño que triplica el de Francia–, que generan pérdidas colaterales millonarias a sectores europeos tan dispares como el turismo o la pesca.

Por ello, en toda Europa está adaptándose la legislación para enfrentar este gran reto. En España la normativa que gestiona los objetos plásticos de un solo uso ya está en marcha y a comienzos del próximo año entrará en vigor el nuevo Real Decreto de Envases y Residuos de Envases que actualmente está siendo tramitado, mientras los centros de investigación se esfuerzan en desarrollar a tiempo componentes que puedan sustituir a este material.

“En este sentido la legislación está yendo más rápido que la parte técnica”, afirma Luis Gil, especialista en envases de AINIA. “La legislación establece una pirámide de prioridades respecto a la gestión de los residuos de envases: lo primero es evitar que se produzca el residuo, pero una vez que no podemos impedirlo, hay que optar por la reutilización, el reciclado y, finalmente, la valorización. El sector hortofrutícola ha trabajado durante mucho tiempo en la sostenibilidad en el envasado y es un gran ejemplo de reutilización, con el uso de cajas de madera o de polietileno de alta densidad para el transporte e incluso para la distribución de las frutas y hortalizas”.

“Ahora otros materiales como el papel y el cartón sustituirán a las bandejas plástico y pueden volver a utilizarse las bolsas de papel, aunque también entrarán en juego los biopolímeros (con capacidad de compostabilidad) y los bioplásticos (producidos de fuentes renovables). Una de las líneas de trabajo de AINIA es el aprovechamiento de subproductos vegetales para obtener o mejorar estos nuevos materiales”.


Luis Gil

Por qué solo de subproductos vegetales
“El concepto de biorrefinería intenta aprovechar esos residuos de diferentes formas, desde la producción de biogás mediante un proceso de digestión anaeróbica de ese material a la producción de compuestos para la fabricación de envases. Se pueden obtener biopolímeros biodegradables por la acción de las bacterias mediante procesos de fermentación. También obtener celulosa de restos de paja de arroz, de cáscaras de almendras, de huesos de frutas o de restos de poda, que pueden constituir un material en sí mismo o pueden ser usados como carga para otros”, detalla Luis. “En ese campo, en AINIA trabajamos en varios proyectos europeos de obtención de biopolímeros a partir de restos de zumo y de suero láctico”.

“Aunque la mayoría de los biopolímeros provienen de vegetales, como es el maíz o la caña de azúcar, se ha de buscar que los biopolímeros que se van a producir no provengan de fuentes competitivas del sector de la alimentación humana que puedan generar un problema de suministro”.

“Por ejemplo, con el maíz se produce el PLA, el plástico utilizado en la impresión 3D, y biodiésel. México es un país muy dependiente de este cereal y el incremento de la demanda que se produjo hace un tiempo de materia prima para la industria de la biorrefinería produjo un incremento del precio del maíz que supuso un perjuicio para la alimentación de la población en el país”.

Bioplásticos, biodegradación y compostabilidad
“La definición más pura de bioplástico sería aquel que tiene capacidad de ser biodegradado en ciertas condiciones por la actividad enzimática de microorganismos en un periodo de tiempo concreto”, explica Luis Gil. “Los bioplásticos se parecen en sus propiedades al plástico proveniente del petróleo, pero poseen una estructura molecular menos empaquetada que les permiten ser degradados biológicamente en un 90% en 6 meses máximo, según marca la norma, UNE-EN-13432, por lo que se consideran compostables al cumplir también las condiciones de biodesintegración, ausencia de metales pesados y calidad del compost”.

“Por ejemplo, los envases biodegradables tienen su nicho de mercado en las bolsas compostables que se pueden desechar junto con los residuos orgánicos en el contenedor marrón, cuya implantación será obligatoria en España antes del 2023. Otras aplicaciones son los films agrícolas, los productos de menaje y podrían ser las monodosis”.

Sin embargo, esta ventaja a nivel de desintegración en el medio ambiente supone una barrera para su uso como envases en determinados alimentos. “Como aquellos que precisan una barrera de oxígeno muy alta o aquellos que requieren tratamientos de pasteurización o esterilización”, puntualiza Luis, “ya que no llegan a las propiedades de los materiales no biodegradables que dispone el mercado”.

Hasta 7 veces más caros que el plástico convencional
Los biopolímeros tienen ante sí un panorama interesante, aunque por ahora su uso está recomendado para aplicaciones determinadas, entre ellas para la fabricación de embalajes, películas de recubrimiento para papel y cartón o films agrícolas, así como clips, bridas, semilleros u otros elementos usados en la agricultura que sean difíciles de eliminar una vez terminado el ciclo de cultivo.

“Sin embargo, los biopolímeros tienen una gran desventaja comparativa. En estos momentos su precio es hasta 7 veces más caro que el de un plástico convencional. Hay que señalar que se lleva trabajando en la mejora de las prestaciones de los plásticos derivados del petróleo durante 40 o 50 años y se ha conseguido una evolución muy grande, mientras que la investigación y los desarrollos en biopolímeros son muy pequeños en comparación, por lo que por ahora se están enfocando hacia aplicaciones muy concretas en las que el alimento los soporte y tenga sentido utilizar un material que no está pensado para ser reciclado, sino para sea compostable”, matiza Luis Gil. “Por eso es tan importante la labor de investigación de centros como AINIA”.

Para más información:
Luis Gil
Departamento de Tecnología de Envases
AINIA
Tel.: +34 610 791 217
lgil@ainia.es
www.ainia.es


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