El invierno ha dejado un balance positivo para el cerezo en el Valle del Jerte. Tras varias semanas de lluvias persistentes en el norte de Extremadura, los productores destacan que los árboles han alcanzado un nivel adecuado de horas frío, un requisito esencial para asegurar una floración homogénea en primavera y, con ello, sentar las bases de la próxima campaña.
José Antonio Tierno, presidente de la Agrupación de Cooperativas del valle, explicó en una entrevista en Hoy por Hoy norte de Extremadura, de Cadena SER, que el reposo invernal se ha desarrollado dentro de parámetros considerados normales en términos históricos. Las horas frío —el tiempo acumulado por debajo de los siete grados— son determinantes para el cerezo, un cultivo especialmente exigente en este aspecto. Sin ese descanso térmico, la brotación primaveral pierde uniformidad y fuerza.
En las zonas más templadas del valle se han registrado entre 900 y 920 horas frío, superando el umbral de 800 que requieren las variedades más demandantes. En cotas más elevadas, los registros han oscilado entre 1.000 y 1.500 horas. La comparación con la campaña anterior resulta favorable: en algunas áreas se ha acumulado hasta un 50% más de frío, e incluso el doble que el año pasado.
Las intensas precipitaciones que han marcado el invierno generaron cierta inquietud inicial. Durante semanas apenas se registraron horas de sol, pero el impacto sobre el cultivo parece limitado. Aunque el exceso de agua puede favorecer problemas radiculares si el suelo permanece saturado, la naturaleza arenosa y el buen drenaje de buena parte de las parcelas del Jerte han evitado daños generalizados. Solo en terrenos más arcillosos podrían haberse producido afecciones puntuales.
Con todo, el sector insiste en la prudencia. La acumulación de frío influye sobre todo en la cantidad potencial de producción al favorecer una floración más uniforme y una mejor polinización. Sin embargo, el calibre y la calidad final del fruto dependerán también de factores como las condiciones durante la floración, la meteorología en el periodo de maduración o la carga productiva del árbol. Por ahora, cualquier previsión cerrada sobre volúmenes resulta prematura.
Más allá del invierno, la principal preocupación sigue siendo el comportamiento del verano. Las olas de calor prolongadas, con temperaturas cercanas a los 40 grados ya desde mayo —como ocurrió el año pasado—, pueden afectar a la formación de las yemas florales que darán fruto en la campaña siguiente. La tendencia a veranos más largos e intensos se perfila así como uno de los grandes desafíos para la estabilidad productiva del cerezo.
Tras un invierno lluvioso que ha dejado buenas reservas hídricas en el suelo, el sector confía en que una primavera sin sobresaltos permita consolidar una campaña al menos dentro de la normalidad.
Fuente: cadenaser.com