A pesar de la volatilidad del tipo de cambio, el aumento de los costes de producción, la variabilidad climática y el creciente número de exigencias en materia de certificación, la industria bananera costarricense cuenta con sólidos marcos institucionales, productores experimentados y una bien ganada reputación en sostenibilidad. Para Grupo San Alberto, los desafíos son también oportunidades para invertir en eficiencia, reforzar la resiliencia y seguir mejorando la calidad del producto.
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Hace casi medio siglo, cinco exempleados de Chiquita tuvieron la visión de transformar una franja de tierras cacaoteras de la región de Siquirres en una finca bananera. Lo que entonces fundaron es hoy Grupo Bananero San Alberto, una empresa familiar con casi mil hectáreas en cultivo.
El grupo produce unas 56.000 cajas de fruta de primera calidad por semana, aproximadamente 2,9 millones al año. Sumando la fruta de segunda, la producción total anual ronda los 3,5 millones de cajas. "Cada una se exporta; nada queda en el mercado nacional", afirma Alberto Pastor, miembro de la tercera generación familiar y presidente del consejo de administración.
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Alberto Pastor, miembro de la tercera generación familiar y presidente del consejo de administración.
Los dos principales destinos son Estados Unidos y el Reino Unido. En el primero, Walmart es con diferencia el mayor cliente individual, absorbiendo cerca de la mitad del volumen total; en el segundo, Morrisons actúa como socio minorista clave. Para la distribución en el resto de Europa, el grupo trabaja con intermediarios. El producto es exclusivamente la banana Cavendish.
El cerco de las certificaciones
Operar una empresa bananera en Costa Rica hoy en día implica sortear una creciente maraña de requisitos de cumplimiento. "Uno de los mayores obstáculos que hemos tenido últimamente es que los distribuidores exigen cada vez más certificaciones. Quieren sus bananas certificadas de mil maneras distintas para demostrarle al consumidor que todo es comercio justo, que son bananas verdes y que se está haciendo un bien al medioambiente. Por supuesto, todo esto está bien, nosotros compartimos esos objetivos. Pero al mismo tiempo, nadie quiere trasladar ese coste al cliente. Y eso es lo que deja los márgenes al filo de la navaja".
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El entorno económico doméstico agrava la presión. El tipo de cambio ha sido desfavorable para los exportadores, con un gobierno costarricense percibido como más proclive a favorecer las importaciones. Los costes de los fertilizantes, los gastos de envío y los elevados aranceles del nuevo puerto han encarecido la base de costes. Los factores geopolíticos —el precio del petróleo, la guerra en Ucrania— han añadido más tensión aún. Y sobre todo ello planea la competencia regional: Guatemala, Nicaragua y, sobre todo, Ecuador amplían su superficie bananera operando con costes de producción más bajos. "Ecuador dicta el precio de la fruta en esta parte del mundo", reconoce Pastor. Costa Rica no tiene más remedio que competir por calidad y eficiencia, no por volumen.
En cuanto a la mano de obra, "la gente ya no quiere trabajar en las fincas bananeras", señala Pastor. El grupo ha optado deliberadamente por no recortar salarios como sí han hecho algunos competidores. "Priorizamos al trabajador." Y pone como ejemplo el visible deterioro en la moral del personal de algunas multinacionales que han apostado por ajustes agresivos. Grupo San Alberto emplea a unas mil personas en total —alrededor de 250 por finca y 15 en la oficina central—, y Pastor no oculta su orgullo por mantener esa estructura de gerencia austera.
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Control de enfermedades con mano de hierro
Sobre la sigatoka negra, el hongo que afecta a las hojas del banano y merma los rendimientos, Pastor describe un enfoque metódico y riguroso. "La clave con la sigatoka es el mantenimiento constante". El grupo elimina tres o cuatro manos de banana para acelerar la maduración y permitir una cosecha más temprana. La deshoja y el desmane se realizan de forma sistemática y manual, complementados con fumigación aérea.
El contraste con los grandes competidores es revelador: al recortar personal, algunas compañías terminan gastando más en aplicaciones aéreas con dosis químicas más elevadas. "Cuando tienes limitaciones, te vuelves más creativo", apunta Pastor.
Respecto a la Raza 4 Tropical —el hongo del suelo que amenaza al Cavendish a escala mundial—, el grupo está en máxima alerta. "Hemos invertido mucho en bioseguridad. Nos queda camino por recorrer, pero forma parte de nuestros esfuerzos, sin duda".
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En materia de salud del suelo, Pastor es categórico: Grupo San Alberto dejó de usar herbicidas hace más de 30 años. "Todo se corta y se deja ahí. Eso es una norma sagrada para nosotros". El principio es sencillo: "El suelo es el rey".
Tres apuestas de futuro
Pastor traza tres líneas estratégicas de crecimiento. La primera es la expansión física: adquirir o cultivar tierras adicionales cerca de las operaciones existentes. La segunda son los subproductos de la banana. En colaboración con el centro de tecnología de alimentos de la Universidad de Costa Rica, el grupo explora la harina de banana y, potencialmente, una bebida a base de esta fruta. "Son prototipos, evidentemente", matiza, "pero es una dirección que queremos explorar".
La tercera, y quizás la más significativa, es la tecnología, en particular en la planta de empaque. Pastor ve un enorme potencial en los sistemas de reconocimiento por cámara capaces de detectar defectos de calidad invisibles a simple vista cuando la banana aún está verde. Las cicatrices de látex y los daños por rozamiento, por ejemplo, solo se manifiestan en fases avanzadas de la maduración, a menudo cuando la fruta ya ha llegado al mercado. Trabajando con CORBANA, la corporación bananera nacional, el grupo prueba sistemas que permiten clasificar la fruta con mayor precisión y garantizar que solo lo mejor llegue a las cajas de exportación.
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"Si no apostamos por este camino, quienes sean más baratos que nosotros ganarán la guerra", advierte Pastor. "Si no puedes ganar en tamaño, tienes que ganar en inteligencia".
Más que un negocio
Grupo San Alberto no es solo una empresa comercial, es una comunidad, de acuerdo con Pastor. "Con entre 900 y 1.000 empleados directos, y muchas más familias que dependen de ellos indirectamente, cada banana vendida tiene un peso social real. Cualquier comprador o distribuidor tiene que entender que no está simplemente adquiriendo una fruta, sino contribuyendo al sustento de toda una comunidad. El cultivo de la banana es una de las formas de agricultura más intensivas en mano de obra de Costa Rica, con uno de los índices trabajador-hectárea más altos. Eso no es una debilidad. Es una historia que vale la pena contar".
Una empresa de familia
Grupo San Alberto fue fundado en 1979 sobre tierras de cacao reconvertidas, tras la introducción por parte del gobierno costarricense de créditos para fomentar el cultivo bananero. Hoy, las familias Pastor, Lacombe y Herrera siguen al frente. En 2025 se incorporó una cuarta finca, llamada Fama, en Siquirres, llevando la superficie total de producción a cerca de mil hectáreas. Cada finca gestiona su propia línea de empaque y estructura administrativa, pero Grupo San Alberto funciona como eje vertebrador. "Podemos negociar como bloque", explica Pastor. "Tenemos economías de escala a la hora de comprar insumos".
El grupo cuenta con diversas certificaciones, entre ellas Rainforest Alliance, GlobalG.A.P., SMETA y Walmart Chain of Custody.
Para más información:
Alberto Pastor Peralta (presidente)
Grupo Bananero San Alberto
San Alberto Nuevo, Siquirres
Limón (Costa Rica)
Tel.: +506 2103 8350
[email protected]
www.gruposanalberto.com