La distribución alimentaria atraviesa una etapa de redefinición estratégica en la que ya no basta con ser eficiente. En un entorno marcado por la presión sobre los márgenes y por un consumidor cada vez más exigente, el reto pasa por combinar la optimización operativa con una experiencia de compra capaz de generar valor sostenido. Reducir costes es imprescindible, pero hacerlo a costa de la percepción del cliente puede convertirse en un freno silencioso al crecimiento.
Durante la última década, los formatos orientados al descuento han demostrado una notable capacidad para competir gracias a estructuras simples, surtidos ajustados y procesos altamente estandarizados. Este enfoque ha permitido ganar cuota de mercado y consolidar resultados financieros sólidos. Sin embargo, cuando la eficiencia se convierte en el único eje de decisión, empiezan a aparecer disfunciones que no siempre se reflejan en los indicadores clásicos, pero que influyen directamente en el comportamiento del consumidor.
Uno de los ámbitos donde esta tensión resulta más evidente es el de los productos frescos. La gestión ajustada del stock, pensada para minimizar mermas, puede derivar en una disponibilidad irregular o en una oferta que transmite pérdida de calidad. Para el cliente, la falta de consistencia en estas secciones reduce el atractivo del punto de venta y limita la compra por impulso, especialmente en categorías donde la frescura y la presentación son determinantes.
Frente a este modelo, persiste otro enfoque basado en la experiencia, en el que los frescos ocupan un papel central. Expositores cuidados, sensación de abundancia y atención especializada refuerzan la confianza del consumidor y aportan diferenciación. No obstante, este formato también se enfrenta a importantes desafíos: costes laborales crecientes, dependencia de personal cualificado y una operativa compleja que dificulta su escalabilidad en un mercado cada vez más competitivo.
La evolución del sector apunta hacia una solución intermedia. El futuro del supermercado no pasa por elegir entre eficiencia extrema o experiencia premium, sino por integrar ambos enfoques. Simplificar procesos, estandarizar tareas y controlar costes seguirá siendo esencial, pero sin perder de vista la necesidad de ofrecer una propuesta atractiva y fiable, especialmente en los lineales de mayor valor percibido.
En este contexto, la coordinación a lo largo de la cadena de suministro cobra un papel clave. La innovación debe empezar en el origen, con productos adaptados a las necesidades reales de la tienda: formatos que faciliten la reposición, soluciones de preelaboración que reduzcan carga operativa y envases que protejan el producto sin renunciar a su atractivo visual. El objetivo es que el artículo llegue al punto de venta listo para su exposición, reduciendo fricciones y mejorando la experiencia final.
El liderazgo en la distribución alimentaria se medirá cada vez menos por métricas tradicionales y más por la capacidad de aprovechar todo el potencial de cada visita al supermercado. La rentabilidad ya no puede entenderse solo como eficiencia interna, sino como la suma de procesos optimizados y una experiencia de compra que invite a volver.
Fuente: foodretail.es